Salió con tiempo suficiente para ordenar el aula antes de que llegase la gente. Corría el riesgo de que no acudiese nadie al encuentro pero de todas formas tenía que ir. Hubiera preferido quedarse en cama, retorciéndose entre las sábanas y disfrutando la somnolencia de la primera hora de la mañana… pero el deber exigía su presencia, así que tuvo que luchar contra sí mismo para hacer lo que todos esperaban que hiciese: acudir al centro, abrir el aula y ordenar los trastos que habían dejado por allí los del turno del día anterior.
Al entrar en el baño tropezó con su imagen en el espejo. “Necesitas vacaciones”, murmuró con urgencia mientras abría el grifo de agua fría. Realizó el resto de las tareas cotidianas de manera rutinaria e inerte. Aún no se había desconectado y ya estaba conectado otra vez.
Cuando llegó al centro encontró a un niño en la puerta. Lo vio de lejos y le hizo salir de sus pensamientos cíclicos sobre el cero y la nada. El niño llevaba una bolsa en la mano y cuando le preguntó por qué se encontraba allí, contestó que porque su madre le había dicho que esperase en aquel lugar. Interpretó esta respuesta como que la madre sería una de las convocadas a la reunión que se iba a celebrar y no le dio más importancia, así que le dijo al chaval que todavía era pronto para que llegase su madre, que podía pasar y esperar con él mientras tanto. El niño aceptó y súbitamente le cogió la mano, que no soltó hasta llegar al aula.
Una vez allí el niño empezó a llorar con una angustia muy grande así que el hombre se puso nervioso y fue a buscarle papel higiénico para que se limpiase la cara. Cuando salió del baño allí no había nadie, apurado se asomó a la puerta y tampoco vio a nadie, se acercó unos pasos más para poder ver mejor y nada, tampoco se veía un alma, volvió a entrar al aula que seguía desordenada y vacía, qué había pasado, dónde estaba el niño aquel... Se puso a recoger porque ya era hora y quizá se acercase alguien a la reunión, seguramente la madre del chaval por lo menos aparecería por allí, a ver qué le decía, buff, aunque a lo mejor estaba el chaval con ella... Las 10, las diez y cuarto, y media. Nadie. Menos veinte, menos diez, las once y nadie. Estaba nervioso, le sudaban las manos y le latía el corazón a toda prisa. Tenía órdenes de cerrar si a las once y media no aparecía nadie pero aún así esperó hasta la una. Allí se quedó esperando a la madre al niño o mejor a los dos, pero allí no llegó nadie.
Se fue a su casa mirando hacia todas partes, intentando identificar algún rasgo en los rostros de quien se cruzaba, algún niño, alguna persona que pudiese tener vinculación con el niño que le agarró la mano a la mañana para entrar en el aula, el niño que lloraba. Ya había perdido la esperanza y comenzaba a pensar sobre la estabilidad de su cordura cuando pasó un autobús y se quedó mirando a los pasajeros distraído. Cuál fue su sorpresa al encontrar entre ellos al niño que, sonriendo, le decía adiós con la mano. A su lado iba una mujer de piel blanca y pelo largo que sonreía y le miraba fijamente. Desprendía una extraña luz...
Al llegar a su casa se tuvo que cambiar los pantalones.