Eran las diez de la mañana, o las once, o quizá ni había hora, ni reloj, ni persona, tal vez ni siquiera eso
y asomaba la nariz entre las montañas de dulce hojalata que le hacían heridas invisibles. Cierra los ojos y mira.
Tuve sueños extraños de los que recuerdo alguna sensación lejana, un eco que me correspondió en alguna época de mi destierro...
Ahora son las tres de la tarde y pasa muy poca gente, algunos en grupos e individuos solos, gente que vuelve de algún lado o va para alguna parte. Hay momentos en los que no pasa nadie, pero escucho voces, voces claras que resuenan en el vacío de la plaza.
A esta hora los que pasan van tranquilos, pensativos, incluso tristes, o alegres, riendo, sin prisa.
Gente trajeada y viejitas de pueblo, chicos y chicas de instituto y universitarios, gente que trabaja y jubilados distraídos o melancólicos (...) Es temporada de rebajas, y los carteles avisan al viandante para que no pierda la ocasión.
Así está este centro de esta ciudad perdida, a una hora muerta como puede ser ésta, con un trasiego mediano de idas y vueltas. Los edificios, inmóviles, parece que desmienten que dentro viva alguien, que haya movimiento en los mediodías en los que la vida ciudadana se reduce a cuatro paredes, más grandes o más pequeñas. Cuatro paredes, cuatro lobitos más uno, cuatro patas del gato que ni de noche es pardo.