Eran las diez de la mañana, o las once, o quizá ni había hora, ni reloj, ni persona, tal vez ni siquiera eso
y asomaba la nariz entre las montañas de dulce hojalata que le hacían heridas invisibles. Cierra los ojos y mira.
Tuve sueños extraños de los que recuerdo alguna sensación lejana, un eco que me correspondió en alguna época de mi destierro...
Ahora son las tres de la tarde y pasa muy poca gente, algunos en grupos e individuos solos, gente que vuelve de algún la [...]
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