Tengo la regla (anoder dei is on) y ayer, como chica precavida que a veces se me da por ser, fui a comprar tampones. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, el centro comercial y la ciudad en general estaba a tope de gente comprando y comprando, desenfrenadamente, como tolais que no se enteran de la crisis económica. Escuché una conversación por la calle entre dos jovencitas que iban a salir por la noche: "¿Qué te vas a poner hoy? No sé, tengo la camiseta no se qué mojada. Da igual, chica, vamos a tal y cómprate otra. Oí, sí, fíjate qué buena idea". Qué duro oír estas cosas de bocas tan jóvenes, qué miedo atroz al milenio que nos invade.
Volviendo a los tampones, que están por las nubes (se va a acabar convirtiendo en un lujo de clase alta el sobrellevar higiénicamente la cruz que nos ha tocado al género femenino), por una de las pocas veces en la vida que me ha pasado, tuve suerte. Sí señor, en vez de los cinco euros y pico que tendrían que haberme cobrado pagué más o menos la mitad. A lo mejor estaban en promoción y no me enteré, que también se suele dar el caso en mis compras en general, pero me aproximo más a la hipótesis de que la cajera estaba hasta las (eso que gusta tan poco ver escrito) de cobrar a gente histérica, y todo se contagia así que, simple y llanamente, se le fue la olla. Le pregunté dos veces por el importe, más por incredulidad que por honradez, y como ella seguía en sus trece, me puse como si me tocase una de catorce. Qué bárbaro. Mira que tontería, pero para mí surtió el mismo efecto que el de un aguinaldo post navideño.
Salí del centro comercial con la sensación de haber hecho algo ilegal y, como hacía poco había visto un episodio de Los Simpson en el que pillaban a Bart robando un videojuego, escapé a cien por hora, igual que si hubiese cometido un atraco en una sucursal bancaria. Ahora que lo pienso me parece una idiotez, pero en el momento me veía prestando declaración ante un jurado con pelucas de época y condenada al más estricto ostracismo por parte de mis semejantes. Los efectos de la pequeña pantalla son tremendamente imprevisibles.
F.M:"La televisión es un invento que permite que seas entretenido en tu salón por gente que nunca tendrías en tu casa" (David Frost (1939-?), Presentador de televisión, qué va a decir...)