Hoy he vuelto a un hospital. En el trayecto hacia él casi había logrado distraerme de hacia dónde iba, pero unos instantes antes de llegar todo volvió de golpe: el hospital. Afuera estaban fumadores impacientes, unos en bata blanca y otros en trajes de paisanos demostrando que el entorno no les atemorizaba para hinchar sus pulmones de humo y entablar escuetas conversaciones liberadoras de tensión. Fumar mata (de frío).
Entré con una soltura inesperada y con prisa por terminar cuanto antes. En seguida me ubiqué, en seguida localicé la planta, los ascensores, la línea azul que te conduce a la manifestación del destino de otro, la habitación, el enfermo. No pasa nada, tú estás de visita, además de visita de cortesía. No pasa nada.
El enfermo está extremadamente amable (por fin tiene cama) luciendo sin saberlo mirada de acojone. Como todos. Como buscando una respuesta en cada persona nueva que aparece. Incómodo y agradecido por las visitas pero, sobre todo, despistado, disfrazado en pijama. Encerrado en la cámara del tiempo.
Me cuesta irme, una vez dentro el hospital te atrapa. Cuando salgo de la planta todo cambia, comienza a urgir la premura del aire libre. Distraigo la mente en un cartel que pone "doentes en padiola" con un dibujo de una camilla y un monigote, supuestamente un enfermo, tumbado en ella mientras espero el ascensor para marcharme de allí cuanto antes. House, Anatomía de Grey, Urgencias, Mir. Ni tan guapos ni tan estupendos, ni tantos siquiera.
La zona de urgencias está repleta. Dice la Xunta que la culpa de que se sature la tienen los médicos por coger a más pacientes de los que se pueden absorber. La misma Xunta (PSOE-Bloque) que se inventó lo del doente en la padiola.
Vayan a (b)votar.