Salgo de la catedral. Qué mareo entre el cura, las velitas, el incienso, los beatos susurrando palabras ininteligibles. Los santos, las figuras, imágenes en claroscuro que me miran, que nos miran, que nos sitúan en el temor y el arrepentimiento forzado, que nos ordenan como piezas moralmente estructuradas para inhibir los malos pensamientos. Pues yo tengo muchos, y salgo de la catedral con más.
Un panal de abejas incrustado en el cráneo, un zumbe permanente entre esto y aquello, entre lo de aquí y lo de allá, lo del más aquí y lo del más allá. Lloraría, sería capaz de hacerlo, pero un rostro conocido me devuelve de golpe a la normalidad, me sitúa en el plano de realidad palpable que había perdido hace unos momentos. Conecto con el entorno, recuerdo quién soy, quién debo de ser cuando trato con ese rostro conocido. Hola, qué tal, qué pinta de mística tienes, ja ja ja, aunque a mí no me haga gracia qué importa, qué cojones le importa a la imbécil ésa que se cree muy lista. Se va. Me voy. Estoy ruborizada, lo noto, y me ruborizo más. Vuelvo al estado de recogimiento anterior pero sin caos, me recluyo en mí misma y miro a la gente como una extranjera. Ya no soy humana, yo no soy así, no los conozco, no los entiendo, me saturo y miro, miro a las personas que son extrañas, raras, defectuosas, lejanas, simples, tan débiles por fuera que se dirían de mantequilla, que no llevan cerebro, ...
F.M: "Era el año de 1970, y la sonda Mariner 9 logró enviar a la Tierra fotografías de la superficie de Marte, para ese entonces la NASA había invertido mucho dinero en dichas sondas y la llegada de esas imágenes eran la posible respuesta a las expectativas de muchos investigadores: dilucidar si puede o pudo haber vida en Marte (...)" de Cosmopedia, la guía astronómica del internauta.