jueves, 21 de junio de 2007
Publicado por Desconocido @ 18:25
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Hoy yendo por la calle pensé que había cambiado de país, es más, pensé que estaba en otro continente. Ahí va el fruto de mi abducción mental:
Las obras ya no están sólo en la calle en la que vivo sino que se han extendido a la paralela y a la transversal. Pasé por delante de Hacienda y había allí montada una manifestación grupuscular de funcionarios que tenían una pancarta protesta muy graciosa con una frase bien traída y rimada de la que ahora no me acuerdo lo que me produce una tremenda rabia porque intenté memorizarla para recordarla más tarde y se ve que lo más que se mantuvo en mi cráneo fueron 5-6 minutos. Venía a decir que Hacienda estafa a su personal o sea que imagínate tú lo que hará con el contribuyente de a pie.
Llegué al centro de salud a recoger unas recetas que había dejado hacía ya dos días y que el día anterior aún no tenían preparadas y cogí el ascensor. Subió también un señor gordo que resoplaba muchísimo y una mujer mayor típica coruñesa (de peluquería, morena de piel, que apesta a perfume...tú ya me entiendes...). Otras veces cuando me subo a un ascensor se me da por mirar a mis compañeros-as de viaje y me imagino qué pasaría si se estropease el aparato, si sería gente razonable y tranquila o histéricos patológicos que se me lanzarían a la vena del cuello. Hoy no lo pensé, iba distraída intentando retener la frase de los manifestantes, así que cuando el ascensor se paró en el medio del recorrido y no se abrían las puertas ya era demasiado tarde para pensar con claridad en la fauna que me rodeaba. Dije premurosamente que iba a darle al timbre, el señor gordo me dijo que no, que esperase a ver si abría, la voz de la señora detrás de mí decía "yo no sé cual es el botón", miré al señor gordo muy rápidamente y le dije "es que tengo prisa así que mejor timbrar" (realmente lo que tenía era un acojone tela), el señor me dijo que él también, entonces vamos a darle al botón de pitar, pero espera un momento, cinco cuatro tres dos uno, al final se abrió la puerta. El señor dijo "ya se arregló" orgulloso como si lo hubiera reparado él, triunfal si acaso porque había tenido la razón, mientras marcaba otra vez el número de planta a la que iba y yo dije "muy bien pero yo me voy por las escaleras". Casi me atrapa la puerta al cerrarse, la gente fuera que estaba esperando al ascensor tenía cara de sorpresa (gracioso cuadro), salí en estampida y me piré por las escaleras recuperando la normalidad en coma 3.
Cuando llego al mostrador me pongo a la cola y en esto llega una señora, también típica coruñesa (cosa normal teniendo en cuenta dónde estoy) y se salta todas las normas implícitas y explícitas, sin mirar a nadie agarra y se enfila hacia el mostrador pasando por delante de toda la cola y tan ancha y tan pancha. Como era una señora y fue tan rápido, los que estábamos allí sólo alcanzamos a mirarnos entre nosotros con cara de incredulidad. Después alguien soltó alguna bastada como que había gente que tenía los impulsos de un caballo de carreras, "todo pa´lante".
Por fin me toca, pido las recetas y cuando me las dan se me ocurre comprobarlas más por instinto que por desconfianza. Y menos mal que lo hice porque la médico (que no era la mía de siempre) me las hizo en blanco, es decir, estaban las recetas cuñadas con su nombre, número de colegiada y tal y cual pero sin medicamento. Flipante. De todas maneras, ya inmunizada, se lo hice saber al hombre que me atendió, estrábico y con un derrame en el ojo derecho, que me aconsejó volver mañana. Pos vale.
Me voy. Paso por delante del ascensor que no da muchas señales de vida y me pregunto si seguirán el señor gordo y la señora "típica coruñesa" metidos dentro. Me da la risa floja y me voy por las escaleras. Vuelvo a pasar por delante de la manifestación que ya se está deshaciendo y le doy con el bolso (sin querer) a un policía nacional. Seguí recta en mi trayecto pero me dio la impresión de que el poli se me quedó mirando. Leo de nuevo la pancarta de la que ya me había olvidado y procuro memorizar el lema que, como antes, conseguí retener durante unos minutos hasta que otra cosa me distrajo. A veces me siento como un hombre, encima del Neandertal por lo menos, en lo que a memoria a largo plazo y capacidad de retención se refiere.
De mi ensoñación cavernícola salgo pitando para fotocopiar y encuadernar la programación didáctica que tengo que presentar mañana en Vigo para las opos de secundaria (postearé sobre ello). Voy a un sitio al que accedo por medio de una escalinata que parece que se adentra en la profundidad del averno, rozando el núcleo terrestre, y noto de pronto un asfixiante calor que me obliga a sacarme la chaqueta. Le digo a la chica que atiende "Jo, que calor, ¿no?" Ella me mira colorada y sudada rodeada de siete máquinas fotocopiantes y me dice "pues por la tarde no te lo puedes ni imaginar, encima no hay sistema de ventilación" "¿¿Quééé´´eééééee e??". Creo que sobran los comentarios sobre prevención de riesgos laborales y eso.
Después me dirijo al supermercado a comprar algo de fruta. La que hay está casi podrida así que me acerco a la nevera de los embutidos. Cojo unas lonchas de salami empaquetadas y descubro que caducan mañana. Las dejo donde están, me llaman por teléfono, contesto y es mi novio que se está currando unas lentejas. Resueltas mis dudas gastronómicas, compro una barra de pan y me cobra una muchacha desganada, desaliñada, con un uniforme raído y avenjentado además de sucio. Cuando estoy saliendo por la puerta noto que me falta algo en las manos, lo pienso un ratín y ¡ostiaa! ¡La programación encuadernada! Así que vuelta para dentro y allí está la pobre en la nevera de los embutidos fresquita y lista para ser consumida.
Esta vez salgo dispuesta ya de una vez a irme pero antes tropiezo en un socavón de la acera. Me fijo un poco mejor y observo que hay un montón de baches y hendiduras no sólo en la acera si no también en la carretera en sí. Yendo hacia casa vuelven las obras, la de la calle en la que vivo está milagrosamente en cuasi silencio, en el portal se me atasca la llave porque la cerradura debió de ser de las sobrantes de las compuertas de los tanques de la guerra civil.
Cuando llego al piso me encuentro a mi novio todo sonriente diciéndome que llamó a la promotora de las obras de al lado con voz de cabreado erudito diciendo que quizá se vería obligado a recurrir a la vía judicial si no dejaban de hacer ruido a destajo.
Así que no está mal: una manifestación de funcionarios, un ascensor trampa, una señora que no respeta los turnos en las colas, un médico que extiende recetas invisibles, una mujer que trabaja en algo similar a los altos hornos en plena plaza céntrica de una supuesta urbe, fruta pasada y fiambre caducado, una cajera asqueada, baches por doquier y amenazas telefónicas para conseguir un poco de civismo. No está mal, no, sobre todo teniendo en cuenta que ocurrió todo en el transcurso de una hora aproximadamente, en un país que pertenece a la Unión Europea y en pleno siglo XXI.

No está nada mal.

F.M: No robes... El Gobierno odia la competencia. (Anónimo).
Comentarios
Publicado por narog17
lunes, 25 de junio de 2007 | 22:26
Jajaja semejante post se merece un comentario, aunque solo sea para decir ¡¡semejante post!! vaya peripecias te pasan eh, un besin
Publicado por EDUKADORA
miércoles, 27 de junio de 2007 | 14:03
uyy no lo sabes tú bien...lo de la cerradura va de mal en peor, estamos pendientes de quién será el vecino que se quede en la pute rue.
¿Sabes quién lleva el área de comunicación del programa de doct de Humanidades? Simple curiosidad...