O quizá debería de llamarle el "Día G" de Gilipollas, como aquellos
Hombres.
Madrugué mucho para coger el bus que me llevaría de nuevo a Vigo y, como no suelo hacerlo, tenía una sensación extraña de súper woman al ataque. Todo normal hasta la estación de Santiago (qué recuerdos estudiantiles de aquellas esperas de resaca torturadora para coger el bus a casa los viernes), donde subió una pareja de adolescentes que se fueron magreando en la parte de atrás hasta Pontevedra. A tres asientos de mí. Y también fumaron. Corruptos...
Tras tres horas de autobús pensé que había cambiado de comunidad autónoma por lo menos pero no, seguía en Galicia. En Vigo para ser exacta. En un recorrido tan largo hasta te olvidas de a dónde vas. De lo que no me olvidé es de a qué iba y por eso fui intentando memorizar algo coherente para verter en mi presentación oral de la programación didáctica.
Inútil. Veamos por qué:
1.-Me distraje mirando a la gente que subía y bajaba del bus.
2.-Fui leyendo los periódicos gratis que dan por la calle.
3.-Me dejé arrastrar por la nostalgia compostelana.
4.-Dormité un rato.
5.-Al llegar a Vigo flipé de lo grande que me pareció todo (no recordaba la ciudad tan "ciudad").
6.-Tuve que ubicarme y reubicarme para coger un urbano hasta el instituto.
7.-Me entró un ataque de hambre y paré a comer.
Así que lo poco que pude estudiar sólo sirvió para ponerme nerviosa y hacerme dudar aún más de mis capacidades de retención memorística ya que no hubo manera de que pudiese repetir más de dos minipárrafos en tres horas de autobús. Lo bueno de esto es que nunca tendré complejo de cacatúa.
Cuando logré llegar al instituto faltaban tres cuartos de hora para que llegase mi turno así que, como suelo hacer en situaciones inoperantes, me fui al baño. Allí hice pis tonto varias veces de los nervios y hablé delante del espejo. Al principio intenté decir algo con sentido sobre la programación y al final acabé hablando como si fuera una reportera de mí misma en plan "es tal hora del miércoles 4 de julio día de la independencia yanki y estoy en el instituto tal para concurrir a las pruebas selectivas tal" con la idea de que tenía público de fondo aplaudiendo plas, plas, plas, entre luces de concurso televisivo... en fin, locuras pretraumáticas.
Paré de golpe cuando me di cuenta de que afuera se me estaba oyendo todo, desde el monólogo hasta la cisterna, y teniendo en cuenta que apenas había gente (van citando a 9 por día), estaba claro que en el baño sólo estaba yo. Me callé, recogí mis bártulos y salí de allí con cara de "yo no fui" arrastrándome por la pared para que no se me viese mucho hasta depositarme delante del corcho informativo. Allí observé que tenía que subir a la segunda planta para examinarme oralmente. Me vino a la cabeza que en un foro preguntaban si había que llevar vaselina o rodilleras o ya lo ponía el tribunal (...) Una chica sentada en un banco me miró y sonrió, quiero pensar que por simpatía y no porque me hubiera oído psicodramatizar en el baño.
Y llegó la hora. HORREUR. Me invitaron a pasar amablemente, yo casi digo "no quiero" y me echo a llorar, pero mantuve el tipo como pude, me senté delante de no sé ni cuántas personas con cara de enfadadas y empecé a divagar sobre decretos curriculares de bachillerato, me aburrí de intentar soltar los dos párrafos mal memorizados y me dispuse a improvisar, no tengo par improvisando pero lo malo es que no recuerdo lo que dije, después no pude más, saqué la programación y la leí literalmente pero muuuuuuy despacio para hacer tiempo, de vez en cuando levantaba la vista y estaban allí como en una tira gráfica: era un cuadro móvil de la última cena en el que los personajes de enfrente de la mesa levantaban la cabeza de vez en cuando y me miraban o asentían o murmuraban. Terrorífico.
A veces no me escuchaba mi voz, otras veces pensaba "la estás cagando" y me daba la risa floja, hubo momentos de blancura colón y momentos a cuadros cual mantel de cocina. Cuando ya no pude más dije "esto es todo" y fue una pena que no añadiera "amigos" porque ya sería memorable. No me preguntaron nada y les dio un poco la risa, supongo que me vieron nerviosa, asustadiza, atontada, torpe... me levanté y, para confirmar sus sospechas, tropecé con la silla y me costó mantener el equilibrio del tembleque de piernas. Di las gracias sonriente como si allí no hubiera pasado nada y salí como entré, con la diferencia de que me quedé con la oreja pegada a la puerta tras haberla cerrado. Apenas pude oír nada, se rieron, eso seguro, pero quiero pensar que no fue por mí porque aún me queda otro examen... Estaba tan nerviosa que ni me aguanté allí en la puerta así que enganché las primeras escaleras que vi y me lancé por ellas hasta que me di cuenta de que no tenían salida así que tuve que subirlas otra vez, qué agobio, empecé a pensar "ahora salen del aula y me encuentran allí, se van a creer que estuve espiando". Como si fuera mentira.
El viaje de vuelta fue tortuoso aunque afortunadamente compensado con lo mulliditos que son los asientos de los autobuses Castromil. Lo peor empezó con una repelente niña -de la que hasta sus padres se escaparon sentándose en asientos lejanos a ella- que fue gritando y moviéndose en el asiento de detrás de mí todo el rato hasta Santiago preguntando cada cinco minutos "¿llegamos a Santiago?" con acento supermega, entre pausa y pausa del grito jugaba con su nintendo DS que tenía a todo volumen, una niña satánica que hasta la supernanny tiraría por la ventana. Y de Santiago a Coruña se subió un tropel de turistas que fueron hablando de sus hallazgos, impresiones y experiencias a buen grito pelado.
Eran las 9 cuando estaba entrando en mi casa. Aún me tenía que hacer la cena y se me cayó un tenedor por el váter, podéis imaginar lo que queráis que os aseguro que fue por algo peor digno de elevar a parábola científica entre un mango de fregona, una cuchilla de afeitar, el jabón de manos y, cómo no, el tenedor. El váter simplemente no se movió.
F.M: "Pregúntame lo que quieras que yo responderé lo que me dé la gana", frase anónima de uso común.