Los señores de la pensión, hotel, hostal, residencia o como se le quiera llamar, situada en la calle (rúa) Álvares Cabral, eran tan tan amables y se reían tanto que a mí me daban ataques de risa cuando estaba con ellos. Además no sé que me pasa con el idioma portugués que me parece graciosísimo. También ayudó que nos costaría dormir 20 euritos de nada por cráneo (más 7 por dejar el coche guardado cada día).
Gran ganga.
Lo que no me hizo tanta gracia fue el mal olor que había en la residencia, el polvillo por allí acumulado y restitos de cosas, el insoportable ruido de la primera noche (el firme de las calles portuguesas está empedrado y los coches meten un boreo que paqué) ya que nuestra habitación daba a la calle y la luz que entraba porque no cerraba bien la ventana ni la persiana, lo que nos puso las cosas muy difíciles para dormir.
A la mañana siguiente pedimos que nos cambiaran de habitación y así lo hicieron, no sin un poco de problema y exigiendo rapidez en el cambio porque si no tendríamos que pagar dos habitaciones, todo esto sin perder la risa, la sonrisa e incluso la carcajada…
Y nosotros soñando con WI-Fi cuando en el enchufe del baño aún ponía lo de 220 voltios… ingenuos...
(la foto es pésima pero no había mejor luz –ni mejor cámara jeje)
Para colmo al llegar a la nueva habitación no funcionaba el mando de la tele y nos quedamos sin agua caliente. Encontramos además unas extrañas pelusillas adheridas a la moqueta y las colchas chinadas de pitillos al igual que la cisterna del baño (que parecía el del Marco´s Bar en Pontedeume) que funcionaba por medio de una palanca giratoria. Y yo pensaba que Galicia era tercermundista… Aquí una muestra del teléfono:
Pero después todo bien porque esta habitación tenía ventanas de aluminio y daba a la parte de atrás, así que era silenciosa y pudimos dormir tranquilamente.
Otro detalle que me llamó la atención fue que en todas la habitaciones tenían una cama de matrimonio y otra de 90 por si había niños o acompañante, en los bares las mesas estaban colocadas ocupando hasta el más mínimo espacio, de hecho en uno de los bares en los que desayunamos un día tenías que pedirle a la persona que estaba sentada que se levantase para poder abrir la puerta del váter.
Lo denominé
Horror Vacui portugués.