Casas abandonadas, viejas (que no antiguas), calles sucias, mal empedradas, coches en doble, triple fila, señores con bastón, sin él, señoras de peluquería o que van a ella, amas de casa que fingen estar atareadas mientras le dan al pico en la esquina o supermercado, gente de mi edad con 20 años encima, niño de la mano y bombo sin platillo.
Basura, ventanas rotas, olor a meos, gente palicando que obstaculiza la calle, sin prisas, sin intereses, sin gana, sin tener nada que hacer, ni que ganar, ni que perder... pero así no se está bien, y encima no hace ni sol para tomar.
Y para colmo he de cargar con la cruz del sin escape, matar o morir, porque ya se sabe, “nunca duermas con extraños”, así que lo último que me queda es joderme en carne viva.
Menos mal que un año más, y le pese a quién le pese otra vez, a las 21:30 de hoy comienza el experimento sociocultural más interesante de los últimos tiempos que me pone la piel de gallina cada vez que veo su merchandising, quizá como consecuencia de una enfermedad como otra cualquiera aderezada con una mezcla de aburrimiento y curiosidad vital.
Seguro que me decepcionará a medio camino pero no podré dejar de mirarlo con el rabillo del ojo, hasta emocionarme el último día y desear durante meses que vuelva...
Ni sí ni no sino todo lo contrario... Después de todo, ¿para qué vestirse de seda? ¿Para desentonar con el paisaje?

Iduras de olla, vivencias, pensamientos y/o reflexiones, estructuraciones esquemáticas de búsquedas sin retorno y recorridos autobiográficos camino a ninguna parte, todo ello salpimentado con alguna chorrada inerte y patidifusa sin más explicación